Irán explota la asimetría

La estrategia iraní busca trasladar el coste del conflicto a Estados Unidos y sus aliados mediante una guerra asimétrica que evita el enfrentamiento directo

Trump afirmaba recientemente que la operación militar contra Irán se extendería hasta celebrarse las elecciones de medio mandato. Es decir, hasta noviembre. Eso abre una ventana de oportunidad a Irán de encarecer la situación a Estados Unidos, presionar más a los socios de la potencia en la región y hacer que las elecciones sean altamente costosas para el mandatario estadounidense. Todo ello sin atacar territorio estadounidense.

Este fenómeno de ejercer presión y coerción en un frente específico contra el enemigo hace necesario recuperar el concepto de guerra asimétrica. Un término que explica cómo en un contexto de conflicto, la parte aparentemente más débil es capaz de resistir y debilitar a un enemigo que le supera en recursos y medios.

El concepto no es nuevo ni exclusivo de Teherán. Aparece cada vez que la brecha de capacidades entre dos contendientes es tan grande que la victoria convencional resulta inconcebible para uno de ellos.

Vietnam, Afganistán o el Líbano enseñaron que cuando no puedes destruir al enemigo, basta con encarecerle el esfuerzo por encima del beneficio político-estratégico que espera obtener. Para ello, la asimetría busca agotar la paciencia del adversario en su propia retaguardia sin alcanzar un dominio militar en el frente.

Irán lleva décadas construyendo ese andamiaje y mantiene abierta la cuestión acerca de por qué sigue resistiendo frente a EE.UU. e Israel. Sabe que no compite en capacidad militar, así que ha impulsado su estrategia mediante un esquema de defensa mosaico —apoyado en el denominado Eje de Resistencia—, reservas misilísticas y de trasladar el coste a terceros.

El despliegue de los últimos meses responde a esta línea. La acción militar la marca indudablemente la Guardia Revolucionaria con el objetivo de emplear eficientemente los activos estratégicos disponibles y aumentar su capital político.

Un ejemplo claro es el rol que han tenido en Yemen, que continúa adquiriendo protagonismo mediante nuevas campañas militares de los hutíes en el sur del país, aumentando la presión sobre Bab-el Mandeb y los saudíes, regionalizando el conflicto y ejerciendo de pinza junto a Ormuz al comercio energético global.

Asimismo, con el segundo estrecho tras Malaca en tráfico energético mundial reducido en más del noventa por ciento se tensa más el contexto. Con un barril de petróleo por encima de los cien dólares, las reservas estratégicas de EE.UU. en mínimos y otros frentes internacionales que también ejercen presión energética, Irán está siendo capaz de trasladar el coste de este enfrentamiento a los mercados financieros internacionales y a la propia comunidad internacional.

Ese elemento asimétrico de trasladar el coste a terceros también es palpable en Riad, Abu Dabi, Doha o Amán. Estos sufren las consecuencias en infraestructuras dañadas, primas de riesgo elevadas y población civil expuesta.

Convertidos en objetivos, esos socios se transforman así en el canal por el que la presión llega hasta Washington, que ve cómo su arquitectura de alianzas regionales se erosiona sin que un solo misil alcance territorio estadounidense. Con todo, la asimetría convierte esta estrategia en algo más que hostigamiento, donde la diferencia estratégica no la marca el arsenal más caro, sino el de más impacto. Un factor decisivo en el cálculo estratégico de la parte menos fuerte y bastante claro en el caso iraní.

De ahí al bolsillo del votante estadounidense hay un paso. El propio Trump ha reconocido que los precios de la gasolina tardarán en bajar hasta después de las elecciones de medio mandato, y ese es precisamente el objetivo iraní, que los relojes en lo electoral y en lo militar no dejen de coincidir.

No obstante, conviene no confundir resistencia con fortaleza. Nada de esto mejora la economía iraní, asfixiada por las sanciones, el bloqueo naval y un contrato social roto. Tampoco protege ni mejora las condiciones de una sociedad que lleva años mostrando su hartazgo. La asimetría es empleada por el régimen. Y esa es la cuestión que las guerras modernas ponen sobre la mesa. El más débil ya no aspira a ganar, sino a no perder del todo. A seguir sentado en la mesa, sin ceder, cuando finalice la escalada.

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Publicado en La Provincia el 01/10/2026

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